Convenience store woman
Del comfort en lo repetitivo.
Del comfort del asalariado.
De no tener que pensar sobre tu vida más allá de lo que te piden, de cómo se ven los KPIs para el último “quarter” del año, de cómo escalar el producto y llevar al equipo al “siguiente nivel”.
Todos opinan.
Todos juzgan.
Todos juzgamos. A veces de forma inconsciente.
Si eres una persona que no se esfuerza lo suficiente, si no eres productivo, si no estás cansado, si estás cansado, te juzgamos también por no poner tus prioridades primero. Esa presión de no tener suficientes ahorros para tu vejez, de no tener pareja para planificar una familia, de no tomar la vida suficientemente en serio.
¿Qué hay de malo en solo vivir de un trabajo sencillo, manual, repetitivo?
Terminé “Convenience Store Woman”, una novela corta de Sayaka Murata. Mientras leía no pude evitar gesticular caras de asco, expresiones de “wtf”, esa misma expresión que hago cuando la gente publica opiniones que minimizan problemas a base de desinformación, burla o radicalismo.
En la novela se ve la evidente neurodivergencia de la protagonista, Keiko, y cómo nadie piensa en ella más allá de un “por qué no puedes llevar una vida normal, por qué no aspiras a más”. Para mí, lo “normal” no necesariamente es algo que esté bien, lo “normal” es solo lo que es estándar en un contexto. Lo “normal” es una fantasía que se derrumba una vez que sales de tu burbuja y te expones a otras posturas.
Me frustró leer la opinión constante no pedida del círculo social de Keiko, en cómo definen cómo debe verse una persona exitosa, aunque me frustró más el ridículo “macho ego” de su casi pareja, un hombre desempleado, inadaptado, misógino, resentido, y cómo mantiene la ingenua idea de que por el hecho de estar con una mujer soltera de 36 años, logrará librarla del yugo moral, o mejor dicho, del yugo de la doble moral.
“Que se vayan a la mierda”, pensaba mientras leía cómo celebraban su deplorable relación, y de ver cómo alguien neurodivergente lucha por descifrar los códigos sociales no escritos. “La gente es feliz si tengo una relación”, se decía a sí misma.
En “Convenience Store Woman” esto está llevado al extremo, y por ridículo que suene, creo que todos hemos caído ahí: en normalizar ideas que no son necesariamente buenas, en normalizar cómo debería verse alguien con ciertas características, en normalizar nuestro modo de vida y nuestras acciones, no solo en nuestras relaciones personales, sino también en la relación con el trabajo, con el dinero, incluso con nosotros mismos.
Qué sé “sho”.
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